No hay mejor ejemplo para estudiar el poder de la palabra que el propio discurso. El arte de cuidar el lenguaje para hablar en público no es nuevo, llegó de la mano de los maestros de la Retórica en la Grecia Clásica, como Isócrates o Demóstenes. Desde los primero logógrafos hasta nuestros días han surgido profesionales dedicados al cuidado de la forma, pero se ha ido perdiendo el fondo, el contenido, el mensaje. ¿Quién no ha sido testigo de locuciones vacuas y sin sentido que han puesto a prueba nuestra paciencia? Antes de hablar hay que escuchar, analizar, reflexionar, y una vez dispuestos a hablar, hacerlo con las ideas claras, estructuradas, adaptando el discurso a nuestro público y aplicando sentido común y a ser posible, un poquito de humor, como todo en la vida.